25 July 2008

La amistad


Cuando nos decían de pequeños aquello de que "los amigos se pueden contar con los dedos de una mano", nos negábamos a creerlo. ¿Cómo era posible que los adultos estuvieran tan equivocados?. Nuestra vida siempre había girado en torno a los amigos.

Nosotros, y mucho menos nuestros amigos, jamás seríamos como ellos. Una panda de amargados carentes de toda ilusión y esperanza, aislados en sus trágicas familias y sus herméticos pisos.

El apogeo

Con nuestros amigos dimos los primeros pasos en facetas fundamentales de la vida: superamos miedos, forjamos el sentimiento de grupo, descubrimos la confianza mutua, encontramos el primer amor. Estudiamos juntos, jugamos en el mismo equipo y tocamos en la misma banda. Merendamos en sus casas y ellos en la nuestra, corrimos por los mismos parques y competimos por los mismos objetivos -los deportes, las notas o incluso las chicas- generalmente de manera sana.

¿Quién se imaginaba un verano en la niñez o adolescencia sin amigos?. Junto con la familia -en muchos casos por encima de ella- siempre fueron nuestra referencia con quien hablar, escuchar y compartir. Un pilar fundamental en las relaciones personales.

Algunas amistades iban y venían, pero siempre permanecía algo. Bien las mismas personas en el mejor de los casos, lo que siempre hemos llamado "buenos amigos", bien en su forma "conceptual" -diferentes personas que ejercían el papel de "buenos amigos" a lo largo del tiempo por diferentes circunstancias-.

Una persona sin amigos era una persona rara y preocupante. Generalmente se trataba de alguien atrapado y sobreprotegido por su familia, sin unas mínimas dotes sociales o con algún tipo de problema que jamás se osaba preguntar y del que nos compadecíamos -"pobre chaval, no tiene amigos", decíamos-.

Aun así, niños y adolescentes conseguíamos mantenernos juntos. Sabíamos tratar con el abusón que nos maltrataba, con el feo del que se reían las chicas, con el gordo del que nos reíamos nosotros, con el retrasado, con el acusica y con el traidor. Algunos no nos caían bien, a algunos incluso los odiábamos. Otros, sin embargo, eran incondicionales.

Eramos crueles y despiadados, atroces, pero sabíamos convivir e intentábamos resolver nuestros problemas. Chivándonos, pegándonos o dejándolos pasar.

Todos sabían quiénes eran nuestros amigos. Y quiénes nuestros enemigos.

La transformación

Con el paso de los años dejamos atrás los estudios y comenzamos a trabajar, a salir con nuestra pareja. A buscarnos un trabajo, un hogar y un futuro. De vez en cuando echábamos un vistazo otra vez hacia los adultos para alarmarnos al ver al rápido ritmo al que nos acercábamos a ellos y su fatídico presagio. ¿Cuánto tiempo o afecto dedicábamos a cultivar las amistades de una forma sincera y desinteresada?. ¿Cómo respondían nuestras amistades a esos afectos?. Cinco dedos eran muy pocos. Nosotros teníamos las dos manos y los dos pies.

Los amigos fueron quedando relegados no ya a un segundo sino a un tercer plano a partir de cierto punto. Todo parecía ser más importante: nuestra pareja, nuestro trabajo, nuestra casa... ¡hasta esa familia a la que jamás hubiéramos puesto por delante de los amigos en determinadas circunstancias!. ¿Qué era eso de cuidar a los amigos?. ¿Acaso no sabían cuidarse solos?.

Nosotros ya teníamos suficientes cosas que hacer. Y por eso las compartíamos con ellos cuando nos juntábamos. ¿Acaso había algo más importante que nuestro trabajo, nuestra casa, nuestro estatus y, sobre todo, nuestra flamante e incondicional pareja?. Nos sentíamos orgullosos y ellos también. Sólo hablábamos del precio de nuestras casas, de lo barato que compramos, de nuestros viajes, de nuestro brillante presente y futuro.

De repente, esa competencia que había sido puntual y sana, pero claramente patente hacía años, comenzó a dejar de ser patente, pero también sana y puntual. La escondíamos tras sonrisas y una falsa sensación de comprensión y afecto, pero cada vez era mayor. Algo se respiraba en el ambiente y se estaba transformando. ¿Qué nombre ponerle?. ¿Insatisfacción?. ¿Desilusión?. ¿Envidia?. El mundo de los adultos comenzaba a apestar a ese aroma en transformación.

Nuestro, nuestro y nuestro. Tenía que quedar claro. Por eso no invitábamos a la gente a nuestras casas para no compartir nuestras económicas compras. Si antes no concebíamos unas vacaciones de verano sin amigos, ahora pasamos a no concebirlas con ellos, pero sin embargo ansiabamos contarles la estupenda experiencia y enseñarles las fotos. Por supuesto ni se nos pasaba por la cabeza compartir nuestro presente y futuro, a menos que fuera más brillante que el de ellos y siempre desde cierta distancia.

Unos nos enfrentábamos a esa amarga sensación agrandándonos, exagerando nuestra condición para demostrarnos "mejores", para demostrar nuestra superioridad y buscar el lado bueno de nuestra vida, para demostrarnos que todo no sólo nos iba bien, sino mejor que a los demás. No parábamos de hablar y no escuchábamos a nuestros amigos.

Otros, astutos y traicioneros escuchábamos desde la penumbra y nos apropiábamos de toda la valiosa información que salía de la boca de nuestros amigos tras una apartente actitud inocente y despistada. No parábamos de escuchar pero no hablábamos a nuestros amigos.

Nuestra red de amistades se fue trasformando. Pero todavía nos quedaban las dos manos para contarlos.

El declive

Poco a poco nos dimos cuenta de lo que habían pasado a ser nuestros amigos: un objeto de consumo más, claramente marcado por nuestro propio egoísmo. Un objeto del que cada vez conocíamos mejor la fachada, repintada y brillante cada año pero del que desconocíamos el interior. Quizá las vigas estaban agusanadas.

Ahora llamábamos a nuestros amigos cuando nos aburríamos, cuando los necesitábamos. Cuando no teníamos con quién realizar una actividad en la que nos habíamos quedado solos. Cuando algo iba mal en nuestra pareja o cuando nos habíamos quedado solteros. Cuando teníamos problemas. Cuando nuestras excitantes y nuevas amistades se desvanecían de repente tras el periodo de apogeo que cada vez duraba menos. Cuando necesitabamos cubrir nuestro cupo de relaciones sociales.

Es más, en algunos casos habíamos estado años sin ofrecer, sin compartir, dando largas y siendo termendamente egoístas. En ocasiones incluso nos habíamos aprovechado, siempre desde la penumbra y con la más falsa de las sonrisas o indiferencias. Hablábamos de lo bonito de la amistad y del compartir y nos quejábamos de cuando nuestros amigos no lo hacían. Nosotros les hicimos feo tras feo, amistoso, social y económico, pero nos creímos con derecho a exigir cada vez más y más. Pero en realidad jamás compartimos nada.

Nos consolamos culpando a nuestra situación económica, a nuestras ineludibles reuniones familiares, a nuestras tareas domésticas, a nuestra posesiva pareja, a nuestro absorbente trabajo y a la sociedad de consumo. Sólo para no reconocer que en realidad siempre lo elegimos nosotros.

Ya no aparentábamos ser crueles y despiadados ni atroces, pero sin embargo no sabíamos convivir ni intentábamos resolver nuestros problemas. Ya no conseguíamos mantenernos juntos. Nos acordamos del chaval del que nos compadecíamos de pequeños porque no tenía amigos. ¿Qué diablos había pasado?.

Nos habíamos convertido en adultos. Una panda de amargados carentes de toda ilusión y esperanza, aislados en nuestras trágicas familias y nuestros herméticos pisos. Ya no sabíamos quiénes eran nuestros amigos. Ni quiénes nuestros enemigos. Y un escalofrío recorrió nuestro cuerpo.

Desde luego, si teníamos amigos, era seguro que se podían contar con los dedos de una mano. Y creímos que era un mensaje que debíamos transmitir.

3 comments:

Anonymous said...

Brutal!! como la vida misma.

agustin said...

Pienso que idealizas la amistad de la juventud. En la vida todo se hace por algun tipo de interes siempre. Cuando eres mayor simplemente tienes mas obligaciones contigo mismo y tu familia y no te puedes ir tan facilmente de jarra con los amigos....

Betawriter said...

No estoy de acuerdo. Todos tenemos tiempo para hacer lo que queremos y así lo priorizamos.

De lo que hablo es de que mantener las amistades y compartir cosas con ellas ha pasado a la escala más baja de esas prioridades. No se trata de ir de "jarra" como tú dices, sino de que sean algo más en tu vida que alguien a quien llamar cuando te aburres o no tienes nada que hacer.

Y nada impide que no puedas hacer cosas con la familia y con amigos, por ejemplo.

Está muy claro que el único que decide que la familia es "una obligación" es uno mismo. Si "tienes que" ir a comer a casa de tus padres y de los suegros todos los fines de semana en vez de irte de excursión con los amigos o invitarlos a comer, la decisión es única y exclusivamente tuya (o de tu pareja, por la que te dejas llevar por miedo o por pura pereza).