Me gustó mucho la idea de poner frases célebres del blog Equilibrio y Progreso. He aquí algunas de Bertrand Russell, aleatorias y libremente traducidas de aquí. Mis disculpas por la traducción. No es fácil.
05 January 2010
Frases Célebres: Bertrand Russell
07 October 2008
¿Qué se puede aprender de la crisis?
Mucha gente lo veía venir. Una sociedad basada en el consumo y el egocentrismo más exagerado no puede crecer indefinidamente. Al parecer algo está pasando en estos momentos, aunque nadie sabe muy bien el qué ni por qué, pero han decidido llamarlo "crisis". Hasta qué punto es real o imaginaria no importa: si se habla de ella continuamente se convierte en real. Y últimamente no se habla de otra cosa.
Sea como fuere, no es éste el tema del que quería hablar. Quería hablar de la crisis como punto de partida para la reflexión y el cambio. Los precios aumentan, los salarios se estancan (curioso eufemismo que significa bajada de sueldo cuando no se sube ni el IPC) pero las necesidades se mantienen (si no aumentan).
¿Qué podemos hacer?. Quizá seguir quejándonos de todo no es la mejor solución.
Simplificar
En primer lugar y lo más sensato para empezar a atajar la crisis sea simplificar: despojarnos o minimizar las necesidades creadas que abundan a nuestro alrededor. La mayoría de las veces son la pereza o el miedo los que nos hacen seguir pagando servicios inútiles o injustificablemente caros.
Es interesante prescindir de aquello que no necesitamos, especialmente si supone una cuota mensual.
- ¿De verdad utilizas el teléfono fijo?. Las compañías de Internet nos venden la tarifa plana en llamadas nacionales como un gran ahorro. Sin embargo, no es sino una excusa para subirnos el precio de Internet. Plantéate cuánto llamas desde el fijo y a dónde y haz las cuentas. Salvo que no tengas otra cosa que hacer que llamar por teléfono, es dificil que amortices la tarifa plana de llamadas.
- ¿Tienes miedo a cambiar de compañía de móvil?. ¿Todavía sigues con operadores que te dicén cuándo y a qué compañías tienes que llamar?. Simplifica. Hace tiempo que existen compañías que cobran a un único precio independientemente de cuándo y a quién llames. Sorprendentemente el precio de estas compañías es incluso más barato que en el antiguo tramo horario superbarato de las compañías de siempre. ¿De verdad crees que no tendrás cobertura y otras leyendas urbanas similares?. Y si no te fías del todo, cómprate un prepago y prueba. ¿Qué tienes que perder?. ¿Quizá firmaste un contrato a cambio de un móvil nuevo u otra promoción que todavía tienes que amortizar?.
- ¿Cuánto utilizas Internet?. En un país que sigue empeñado en aumentar el ancho de banda "gratuitamente" como excusa para no bajar jamás los precios de Internet, hay que tomar medidas. Afortunadamente la mayoría disponemos de Internet en nuestros trabajos, centros de estudio, bibliotecas, etc... que podemos utilizar. ¿Es sensato pagar 50€ al mes por conectarse a Internet desde casa?. No, pero nos consolamos fácilmente porque es muy fácil amortizarlo bajándose películas, música, etc... que jamás tendremos tiempo material de ver y que en el videoclub de la esquina están a 2€.
- ¿Qué ventajas tiene tu banco habitual?. Llevas en el mismo banco toda la vida. Desde que te abrieron una cuenta corriente en tu primera comunión. Al entrar a cualquiera de las 300 oficinas de tu ciudad la primera pregunta que te hacen es "disculpe, ¿es esta su oficina?". En caso contrario no podrás realizar la mayoría de los trámites. Te cobran comisión por cada transferencia, por cada tarjeta, por cada vez que viajas y no encuentras un cajero de la entidad. Para mejorar lo presente, su horario de apertura es la mitad que tu jornada laboral, donde tienes que pedir permiso para salir a realizar los trámites. Posteriormente te toca amenazar con que te marchas para que te quiten las pequeñas comisiones y así contárselo a los amigos que no disponen de ese tiempo o no tienen voluntad de hacerlo. ¿De verdad crees que todos los bancos son así?.
- ¿De verdad necesitas tantas cuentas, cartillas y tarjetas de crédito?. Existen bancos con productos interesantes y sencillos. Una única tarjeta que se comporta como una de crédito en las compras y que da a elegir la posibilidad de sacar dinero a débito o crédito en una extensa y conocida red de cajeros compartida por muchas entidades. De esa forma te basta con una única tarjeta para comprar en establecimientos, por internet, hacer reservas y sacar dinero. ¿Para qué es necesario más?.
Clientes que tenemos que estar buscando constantemente de manera artificial cómo amortizar cada uno de los servicios por los que pagamos religiosamente.
Simplifiquemos. Nuestra economía (y sobre todo nuestra cabeza) lo agradecerá. Elimina una cosa y verás como sigues viviendo igual que antes. Así sucesivamente hasta que encuentres tu equilibrio.
Informarse, tener criterio y compartir
Estrechamente unida a la idea de simplificar está la tarea de informarse con criterio y preguntar a los además. Si compartimos nuestras ideas con los demás y viceversa y las despojamos de los tópicos infundados, llevamos mucho trabajo ganado.
La cuestión es que tenemos demasiada vergüenza a las eternas comparaciones con los demás. No queremos hablar de cosas íntimas ni relacionadas con el dinero por si el vecino tiene condiciones más ventajosas que nosotros. O por si las tiene peores y, gracias a nosotros, las mejora.
Con el tema de los servicios siempre nos estamos quejando, muchas veces con razón. Todo es excesivamente caro, a veces hasta injustificable. Un amigo me comentaba cómo una vacuna para determinada enfermedad animal que cuesta a la empresa 0,90€ la unidad y se pone en un minuto se factura a 25€. Es sólo un ejemplo, pues los conocemos en todos los ámbitos: el taller, el dentista, la academia, el párking, el fontanero, el pintor, etc...
Cuantas menos ganas de aprender y menos atrevimiento tengamos, más tendremos que pagar por los servicios que necesitemos. Si cuando eras pequeño nada se te ponía por delante, si has sido capaz de terminar una carrera universitaria... ¿por qué ahora no te atreves a pintar la casa?, ¿por qué no cambias el grifo tú mismo?. ¿Llamas al electricista para cambiar un enchufe?. ¿Te parece imposible colocar una canalera?. ¿De verdad crees que cambiar una ventana o hacerte una con ladrillos de pavés es tarea de expertos?.
Y si tú sólo no sabes o no te atreves, anímate con tus amigos o tu familia. Seguro que alguien, o entre todos, hacéis casi todo lo que os propongáis y demás pasaréis un buen rato. Y si la tarea es complicada, ¿de verdad no tienes ningún amigo que te pueda hacer precio especial o al que puedas devolverle el favor?.
Cuanto más sepas, más ganas tengas y más sana y variada sea tu red de amigos, menos servicios externos necesitarás y más te ahorrarás si los necesitas.
Espera, quizá es el problema. ¿No tienes tiempo?. ¿No tienes amigos?. ¿Tus amigos no tienen tiempo?.
La crisis es un buen momento para reflexionar.
11 August 2008
¿De qué hablamos los jóvenes? - Lo económico
Mucha gente me tilda de exagerado cuando les digo que me preocupa de qué hablamos los jóvenes que rondamos la treintena hoy día. ¿Acaso no es un reflejo de nuestros pensamientos?. ¿No se trata realmente de algo trascendente y no sólo de pura anécdota?.
Me cuentan que en otros tiempos se hablaba de los derechos, la libertad, las ideas, la ilusión y el futuro. Quizá fue así realmente o quizá no, pero desde luego quedan muy lejos de los temas que preocupan a los jóvenes ahora mismo. Es lógico, los tiempos cambian pero... ¿qué nos queda ahora?.
Lo económico
¿Siempre ha sido un tema tan importante o realmente todo se ha mercantilizado en exceso?. Me explico. Lo que antes constituía el ámbito privado de las personas y carecía de excesiva importancia o pasaba a un segundo plano entre las amistades ahora se ha convertido en el tema de conversación número uno. ¿O realmente el tema económico es inherente al mundo adulto?. Me preocupa que en cuanto alguien menciona un cambio en su vida, la mayoría como tema de conversación sin más y para informar a gente que le importa, comienzan la extracción de información y las comparaciones (ver el artículo "La amistad").
Pongamos por ejemplo el trabajo. Si has cambiado de empleo sólo ha de ser por lo económico o por el ansiado funcionariado, una especie de lotería o jubilación anticipada a la que todo español aspira independientemente de la ocupación de la plaza. No tardará en surgir la gran pregunta. En ocasiones de una manera tan descarada como "¿cuánto te pagan?", algo que ha pasado de ser tabú a trivializarse hasta el ridículo. Una pregunta siempre incómoda pero más aún cuando para ti carece de toda importancia la posición económica de tus compañeros y tus amistades y no entiendes por qué le conceden tanta importancia.
Tras responder a la gran pregunta, ocurrirán dos cosas instantáneamente.
En primer lugar compararán su "posición" con la tuya desde varios puntos de vista, primando el económico. Si ellos quedan en mejor situación te darán la enhorabuena con una sonrisa y te dirán "ah pues estupendo, ¿no?" y sentirán una sensación de alivio interior, como pensando "pobrecito". En cambio, si la situación es inversa, la cosa no puede ir tan bien. La reacción puede llegar a ser desde sentirse infravalorado hasta la más insana de las envidias o sensación de injusticia.
Lo segundo que ocurrirá es que, si se trata de algo a lo que las amistades también pueden aspirar y les interesa (alguna plaza por concurso, oposición, beca, trabajo a tiempo parcial, etc...), comenzará un cuestionario más exhaustivo, para obtener información de los detalles. Y no te sorprendas si en cuatro días están compitiendo contigo o incluso te han quitado el puesto, aunque sea algo tangencial a su ocupación anterior o por lo que jamás habían mostrado interés. Lo más gracioso de todo es que, si alguna vez sale el tema, defenderán que la idea ha sido suya desde siempre y tú no has tenido nada que ver. Sencillamente, habrán pasado a creérselo de verdad y te tildarán a ti de envidioso.
Lo que había sido una inocente charla inicial a compartir con los amigos, en la que esperabas compartir ilusiones, hablar de las tareas de tu nuevo trabajo, de los compañeros, de tu grado de satisfacción, etc... se convierte en una comparativa totalmente material que posteriormente pasa a ser competición. Lo mismo ocurre con tantas otras cosas: la casa, los viajes o cualquier otra cosa material, en las que inmediatamente se pregunta por el precio y se pasa a una especie de competitividad absurda que no lleva a ninguna parte.
¿Por qué nos preguntamos constantemente por nuestros sueldos, el precio del alquiler o compra de nuestras casas, de lo último que nos hemos comprado?. ¿Cómo ha pasado el tema económico (trabajo, casa, viajes...) a ser uno de los temas de conversación fundamentales entre los jóvenes?.
Me preocupa que haya tan poca gente que siga manteniendo algún tipo de hobby con entusiasmo tras la adolescencia o se aficione a alguno nuevo. ¿Cuántos amigos siguen conservando su pasión por tocar un instrumento, hacer fotografías, escribir, hacer obras de teatro, bailar...?. ¿Cuántos están interesados por la historia, la geografía, la filosofía o el arte?. ¿O simplemente por la agricultura o la jardinería?. Y, si los hay, ¿por qué no hablamos de estos temas y nos interesamos más por ellos?. ¿Por qué han perdido toda importancia y han quedado eclipsados por lo económico y material?.
Me preocupa que muchos jóvenes ya no se ocupen de sí mismos, guiándose según su intuición y preferencias, sino que midan su grado de bienestar y hagan su camino a base de compararse con los demás. No sé si responde a una sociedad donde todo se ha materializado, a que realmente los jóvenes estamos pasando por unas dificultades que antes eran mucho menores (básicamente la vivienda y el mercado de trabajo) , a una exageración del problema en los medios de comunicación o a una mezcla de todo.
Pero el caso es que lo económico ha pasado a ser, desgraciadamente, uno de los temas estrella en las conversaciones de la gente que ronda la treintena. Y, lo peor, en algunos casos fuente de rivalidad y disputas.
07 August 2008
Cómo ser un poco más libre: los favores
Cómo ser libre
Recientemente he leído el libro "Cómo ser libre" de Tom Hodgkingson gracias a los diversos posts hablando sobre él en el blog de "Equilibrio y progreso". Un libro que, de manera un tanto absurda, encontré en la sección "Humour" de una librería inglesa, creyendo que semejante perla no estaría traducida al castellano.
Poco después de leerlo entero descubrí que sí lo estaba. A los sibaritas, puristas o con mucho tiempo y ganas os animo a intentarlo con la versión original, pero al que sólo le interese el contenido y las ideas le recomiendo encarecidamente leerlo en castellano aunque sepa mucho inglés. Es un libro duro, tiene muchos juegos de palabras, chistes y particularidades de Reino Unido que hacen que uno se desvíe del tema central, lo lea con demasiada lentitud o se pierda parte del contenido.
El estilo del libro -ameno y desenfadado- así como la divertida portada (más en su versión inglesa) pueden llevar a pensar que, efectivamente, se trata de un libro-payasada de aquellos que nos regalan nuestros familiares cuando no saben qué comprarnos, estilo Ramón Arangüena, Javier Coronas y similares.
Pero nada más lejos de la realidad. Humor en las formas, escalofriante seriedad en el fondo. Nos encontramos ante los sensatos consejos de alguien que se dio cuenta de que la vida moderna es absurda y nos hace ser esclavos en pleno siglo XXI. Esclavos de nuestro trabajo, del consumo, de los bancos, del Estado y del miedo. Nos lo cuenta un exitoso consultor que decidió hacer un downshifting radical, esto es, volver a una vida más simple y real.
En el libro nos explica cuáles son, desde su punto de vista, los factores que nos restan libertad y qué podemos hacer para amortiguarlos, con el paradigma de la vida en la Edad Media como telón de fondo. Con sus aciertos y desaciertos -provocativos siempre- y con el grado de radicalidad con el que lo quiera interpretar cada uno, todo lo que dice es realmente aprovechable y, sobre todo, entretenido.
No desvelaré mucho más sobre él. Está disponible en PDF el índice, la introducción y el primer capítulo, así que lo mejor es consultarlo y comprobar si es de nuestro interés.
Cómo ser un poco más libre
Tras leer el libro y, relacionado con estos temas, el estupendo post "Algunas ideas claras", he echado en falta algo relativo a la libertad que, si se trata, se hace sólo tangencialmente. Se trata de uno de los mayores lastres ocultos en nuestras relaciones: los favores.
Quien no haya descubierto todavía el motor que nos impulsa a la mayoría de los que vivimos en la sociedad occidental actual, lo descubrirá pronto: el egoísmo. Un concepto con el que seríamos capaces de llenar libros enteros pero que únicamente citaremos aquí a modo de relación (fundamental) con el tema de los favores.
Quien aspire a la libertad, como titula el libro, no puede aceptar determinados favores, incluso aunque no los haya pedido. O, si lo hace, debe ser muy consciente de quién es el que hace el favor, por qué, y qué es lo que puede estar esperando a cambio si lo acepta.
Eso de "esperar a cambio" suena muy ruin. ¿Los favores sólo se hacen a cambio de otro favor?. La respuesta es, efectivamente, sí.
El quid de la cuestión en este trueque es que el favor a cambio no tiene por qué ser material y suele ser muy difícil de identificar cuando el favor cobra cierta entidad. Eso y no otra cosa es lo que lo hace peligroso porque no podemos estar en la mente de la persona que otorga el favor. Lo que a nosotros nos puede parecer desmesurado a la otra parte le puede parecer justo y viceversa.
Generalmente los aceptamos inconscientemente o, en muchos casos, por pura comodidad o seguridad. Como se habla en el libro, casi todo lo que proporciona comodidad y seguridad resta libertad. Somos nosotros los que debemos determinar hasta qué punto queremos mantener el compromiso entre ambas.
¿Casos?. Del más tontorrón al más grave, todos conocemos los casos más prototípicos. Veamos algunos ejemplos:
- Un amigo te regala X o te consigue Y. Muy habitual entre amigos o en la etapa de ligoteo, suele indicar un interés y suele hacerse a cambio de compañía o una cita. Es necesario aprender a distinguir cuándo una serie de favores de este tipo es sana de cuándo se está esperando a cambio una relación y cortar el asunto en el momento apropiado.
- Entras enchufado en un empleo. España, qué gran país. ¿Para qué utilizar tus dotes y cualificación si tienes un amigo o un familiar que te puede colocar?. Tu esfuerzo ha sido nulo, pero lo pagarás. Tus compañeros no-enchufados siempre estarán resentidos hacia ti, aunque en algunos lugares esto puede no resultar un problema porque no existen: todos entran enchufados. Aun así siempre le deberás el trabajo a tu jefe y considerará traición si no haces lo que él espera, no digamos ya si te marchas.
- Un familiar te presta dinero para comprarte una casa. No te sorprendas si comienza a entrometerse. Desde dónde debería estar y cómo debería ser la casa, hasta la decoración y los interiores. No hablemos ya de si te la regala. Espera una supervisión constante de tu vida y, si te descuidas, hasta que marque la pauta de tu reproducción y eduque a tus hijos. ¿Comodidad y seguridad?. Toda. ¿Libertad?. Olvídate. Sepárate o desvíate del camino marcado y verás. Ya no será cosa de dos, será cosa de cuatro, seis o más. Diversión asegurada.
Sólo de aquellas personas más cercanas e incondicionales a nosotros deberíamos aceptarlos y, aun así, deberíamos ser cautos. ¿Por qué?. Porque cada favor tomado restringe nuestra libertad y nos proporciona unas ataduras que quizá no queramos tener. Y también porque sólo cuando toca devolver el favor o llega el momento de los reproches es cuando realmente conocemos a las personas. Y, para entonces, puede que descubramos que alguién no es en absoluto como pensábamos y nos llevemos la mayor decepción del mundo.
Comprobar que alguien no era amable, encantador o desprendido con nosotros de manera espontánea y natural sino egoísta y premeditada, cambiando su actitud de repente es muy duro.
¿Hemos perdido toda la fe en el ser humano y su bondad?. No, pero debemos ser más selectivos, más inteligentes para tratar de ser más libres.
Hay mucha gente incondicional, buena y desprendida. Generalmente se la reconoce porque es sincera, humilde y se le nota que lo hace por amor y de corazón. No hace teatro. No esperan que seas ni hagas lo que ellos quieren o, si lo hacen, aceptan tus cambios con resignación y te siguen aceptando. Acércate a estas personas pero no abuses de ellas e intenta ser ecuánime con los favores dados y recibidos.
También hay gente mala, ruin, manipuladora y tremendamente egoísta para con sus intereses. Generalmente se las dan de desprendidos, abiertos, simpáticos e interesantes. Son puro teatro. Basta que emplees sus aparentes favores en algo que no vaya directamente enfilado con sus intereses para que pasen a cobrárselos o echártelos en cara. Es muy posible que incluso olviden toda tu relación pasada contigo y te tilden de egoísta. No sólo eso, puede que pases a ser su mayor enemigo. Es fundamental detectar a esta gente lo antes posible y alejarse de ella como de la peste. Si lo descubres demasiado tarde, es igual. Aléjate igualmente sin ningún tipo de remordimiento porque lo que te hicieron no eran favores, eran contratos en blanco para manipularte.
Ya vemos que los favores pueden salir muy caros, así que hay que andarse con cuidado. Aceptar favores, especialmente algunos muy suculentos, puede proporcionar comodidad y seguridad, pero espera a cambio una reducción importante en tu libertad. Si es lo que quieres, adelante, pero al menos sé consciente y consecuente con ello. Que no te pille demasiado tarde.
25 July 2008
La amistad
Cuando nos decían de pequeños aquello de que "los amigos se pueden contar con los dedos de una mano", nos negábamos a creerlo. ¿Cómo era posible que los adultos estuvieran tan equivocados?. Nuestra vida siempre había girado en torno a los amigos.
Nosotros, y mucho menos nuestros amigos, jamás seríamos como ellos. Una panda de amargados carentes de toda ilusión y esperanza, aislados en sus trágicas familias y sus herméticos pisos.
El apogeo
Con nuestros amigos dimos los primeros pasos en facetas fundamentales de la vida: superamos miedos, forjamos el sentimiento de grupo, descubrimos la confianza mutua, encontramos el primer amor. Estudiamos juntos, jugamos en el mismo equipo y tocamos en la misma banda. Merendamos en sus casas y ellos en la nuestra, corrimos por los mismos parques y competimos por los mismos objetivos -los deportes, las notas o incluso las chicas- generalmente de manera sana.
¿Quién se imaginaba un verano en la niñez o adolescencia sin amigos?. Junto con la familia -en muchos casos por encima de ella- siempre fueron nuestra referencia con quien hablar, escuchar y compartir. Un pilar fundamental en las relaciones personales.
Algunas amistades iban y venían, pero siempre permanecía algo. Bien las mismas personas en el mejor de los casos, lo que siempre hemos llamado "buenos amigos", bien en su forma "conceptual" -diferentes personas que ejercían el papel de "buenos amigos" a lo largo del tiempo por diferentes circunstancias-.
Una persona sin amigos era una persona rara y preocupante. Generalmente se trataba de alguien atrapado y sobreprotegido por su familia, sin unas mínimas dotes sociales o con algún tipo de problema que jamás se osaba preguntar y del que nos compadecíamos -"pobre chaval, no tiene amigos", decíamos-.
Aun así, niños y adolescentes conseguíamos mantenernos juntos. Sabíamos tratar con el abusón que nos maltrataba, con el feo del que se reían las chicas, con el gordo del que nos reíamos nosotros, con el retrasado, con el acusica y con el traidor. Algunos no nos caían bien, a algunos incluso los odiábamos. Otros, sin embargo, eran incondicionales.
Eramos crueles y despiadados, atroces, pero sabíamos convivir e intentábamos resolver nuestros problemas. Chivándonos, pegándonos o dejándolos pasar.
Todos sabían quiénes eran nuestros amigos. Y quiénes nuestros enemigos.
La transformación
Con el paso de los años dejamos atrás los estudios y comenzamos a trabajar, a salir con nuestra pareja. A buscarnos un trabajo, un hogar y un futuro. De vez en cuando echábamos un vistazo otra vez hacia los adultos para alarmarnos al ver al rápido ritmo al que nos acercábamos a ellos y su fatídico presagio. ¿Cuánto tiempo o afecto dedicábamos a cultivar las amistades de una forma sincera y desinteresada?. ¿Cómo respondían nuestras amistades a esos afectos?. Cinco dedos eran muy pocos. Nosotros teníamos las dos manos y los dos pies.
Los amigos fueron quedando relegados no ya a un segundo sino a un tercer plano a partir de cierto punto. Todo parecía ser más importante: nuestra pareja, nuestro trabajo, nuestra casa... ¡hasta esa familia a la que jamás hubiéramos puesto por delante de los amigos en determinadas circunstancias!. ¿Qué era eso de cuidar a los amigos?. ¿Acaso no sabían cuidarse solos?.
Nosotros ya teníamos suficientes cosas que hacer. Y por eso las compartíamos con ellos cuando nos juntábamos. ¿Acaso había algo más importante que nuestro trabajo, nuestra casa, nuestro estatus y, sobre todo, nuestra flamante e incondicional pareja?. Nos sentíamos orgullosos y ellos también. Sólo hablábamos del precio de nuestras casas, de lo barato que compramos, de nuestros viajes, de nuestro brillante presente y futuro.
De repente, esa competencia que había sido puntual y sana, pero claramente patente hacía años, comenzó a dejar de ser patente, pero también sana y puntual. La escondíamos tras sonrisas y una falsa sensación de comprensión y afecto, pero cada vez era mayor. Algo se respiraba en el ambiente y se estaba transformando. ¿Qué nombre ponerle?. ¿Insatisfacción?. ¿Desilusión?. ¿Envidia?. El mundo de los adultos comenzaba a apestar a ese aroma en transformación.
Nuestro, nuestro y nuestro. Tenía que quedar claro. Por eso no invitábamos a la gente a nuestras casas para no compartir nuestras económicas compras. Si antes no concebíamos unas vacaciones de verano sin amigos, ahora pasamos a no concebirlas con ellos, pero sin embargo ansiabamos contarles la estupenda experiencia y enseñarles las fotos. Por supuesto ni se nos pasaba por la cabeza compartir nuestro presente y futuro, a menos que fuera más brillante que el de ellos y siempre desde cierta distancia.
Unos nos enfrentábamos a esa amarga sensación agrandándonos, exagerando nuestra condición para demostrarnos "mejores", para demostrar nuestra superioridad y buscar el lado bueno de nuestra vida, para demostrarnos que todo no sólo nos iba bien, sino mejor que a los demás. No parábamos de hablar y no escuchábamos a nuestros amigos.
Otros, astutos y traicioneros escuchábamos desde la penumbra y nos apropiábamos de toda la valiosa información que salía de la boca de nuestros amigos tras una apartente actitud inocente y despistada. No parábamos de escuchar pero no hablábamos a nuestros amigos.
Nuestra red de amistades se fue trasformando. Pero todavía nos quedaban las dos manos para contarlos.
El declive
Poco a poco nos dimos cuenta de lo que habían pasado a ser nuestros amigos: un objeto de consumo más, claramente marcado por nuestro propio egoísmo. Un objeto del que cada vez conocíamos mejor la fachada, repintada y brillante cada año pero del que desconocíamos el interior. Quizá las vigas estaban agusanadas.
Ahora llamábamos a nuestros amigos cuando nos aburríamos, cuando los necesitábamos. Cuando no teníamos con quién realizar una actividad en la que nos habíamos quedado solos. Cuando algo iba mal en nuestra pareja o cuando nos habíamos quedado solteros. Cuando teníamos problemas. Cuando nuestras excitantes y nuevas amistades se desvanecían de repente tras el periodo de apogeo que cada vez duraba menos. Cuando necesitabamos cubrir nuestro cupo de relaciones sociales.
Es más, en algunos casos habíamos estado años sin ofrecer, sin compartir, dando largas y siendo termendamente egoístas. En ocasiones incluso nos habíamos aprovechado, siempre desde la penumbra y con la más falsa de las sonrisas o indiferencias. Hablábamos de lo bonito de la amistad y del compartir y nos quejábamos de cuando nuestros amigos no lo hacían. Nosotros les hicimos feo tras feo, amistoso, social y económico, pero nos creímos con derecho a exigir cada vez más y más. Pero en realidad jamás compartimos nada.
Nos consolamos culpando a nuestra situación económica, a nuestras ineludibles reuniones familiares, a nuestras tareas domésticas, a nuestra posesiva pareja, a nuestro absorbente trabajo y a la sociedad de consumo. Sólo para no reconocer que en realidad siempre lo elegimos nosotros.
Ya no aparentábamos ser crueles y despiadados ni atroces, pero sin embargo no sabíamos convivir ni intentábamos resolver nuestros problemas. Ya no conseguíamos mantenernos juntos. Nos acordamos del chaval del que nos compadecíamos de pequeños porque no tenía amigos. ¿Qué diablos había pasado?.
Nos habíamos convertido en adultos. Una panda de amargados carentes de toda ilusión y esperanza, aislados en nuestras trágicas familias y nuestros herméticos pisos. Ya no sabíamos quiénes eran nuestros amigos. Ni quiénes nuestros enemigos. Y un escalofrío recorrió nuestro cuerpo.
Desde luego, si teníamos amigos, era seguro que se podían contar con los dedos de una mano. Y creímos que era un mensaje que debíamos transmitir.