27 May 2012

El saber dialogar y sus implicaciones


Imagino que conocen ustedes cómo acaban las historias en menéame, en cualquier foro o en los comentarios de cualquier periódico, donde hay anonimato y no hay peligro de ser agredido. El tema principal sobre el que se debate acaba siendo secundario y rápidamente se pasa a personalizar todo. Uno cuenta lo que le pasó o lo que le gusta, otro acaba faltándole al respeto a un tercero porque dijo no sé qué, porque es un pijo, porque es del Barça, o porque es un facha. Todo se explica según la etiqueta que nos coloquen. Porque ya saben que en España uno nunca es un individuo; siempre es parte de un colectivo.

Imagino que entenderán ustedes también la fama que tenemos en países más civilizados, por así decirlo. Espontáneos y desinhibidos, sí, pero también malhumorados, negativos, bruscos, agresivos. Y, sobre todo, muy malos dialogando, explicando y convenciendo. No estamos acostumbrados porque nunca nos han dejado, porque las batallas dialécticas aquí sólo se ganan a base de autoridad. Y porque entendemos una crítica a nuestros argumentos como un ataque personal.


La tradición como explicación

¿Cómo no va a ser así, si llevamos toda una vida aprendiendo esto? Cuando nos llevamos bien con el jefe, con el profesor de turno o con quien sea, todo va bien: nuestro trabajo es bueno, nuestra actitud también y, encima, nos cubren con su poder ante terceros que se atrevan a cuestionarnos: no necesitamos persuadir a nadie de nuestro trabajo y aptitudes; nos relajamos. En algunas universidades es el alumno el que propone a su tribunal para la defensa del proyecto fin de carrera, y todos sabemos cómo se eligen los tribunales de tesis doctorales.

En el otro caso, cuando no contamos con un protector, es justamente al revés: necesitamos defendernos constantemente, de manera exagerada, nuestro trabajo y aptitudes, porque si no, tenemos miedo al despido, expulsión, suspenso o equivalente. Sentimos las críticas como una agresión, y de la misma manera nos defendemos: algunos contraatacando, otros retirándose, y la mayoría bloqueándose.

Es por eso que asistimos al dantesco espectáculo de que nadie se interesa por nada, de que nadie pregunta, y proyectos, tesis doctorales, etc... (por poner dos ejemplos cercanos) están vacíos y sólo acuden a ellos los que tienen que hacerlo por obligación y, quizá, algunos compañeros del mismo grupo a quienes se les sugiere que acudan para hacer bulto. Es por eso que los miembros del tribunal bostezan y se duermen. Recuérdese, además, que existen normas tan medievales como absurdas como que los no doctores no pueden plantear preguntas en las tesis doctorales.

Nosotros mismos nos replegamos de nuestra actitud curiosa y crítica ante los demás, por lo que recibimos a cambio. Hasta iniciativas que supuestamente intentan despertar el pensamiento crítico y el escepticismo acaban con un grupo de líderes, rozando el fanatismo, y rechazando la actitud curiosa y crítica en ciertos temas.

No me digan que no es paradójico que en el programa "Escépticos", el protagonista sea un señor vestido de negro, rodeado por un séquito, que en uno de los capítulos va a un instituto a ver qué opinan los chavales del aterrizaje en la luna y, cuando alguno de ellos es suficientemente valiente para decir que si no podría ser un montaje, como algunos libros y autores comentan, casi se le apercibe y ridiculiza.

Es decir, en vez de darle las gracias por proponer otro punto de vista (¡precisamente "escéptico" donde los haya!) y tranquilamente,  demostrarle qué es lo que realmente ocurrió y por qué esos autores están equivocados, le "abroncan" por no seguir la doctrina oficial (por muy verdadera que sea) y rápidamente le desmontan sus argumentos de manera disfrazada de dulce, pero agresiva. Qué facil es prepararse de antemano las preguntas y argumentos contra un chaval de instituto rodeado de cámaras.

¿Qué ha aprendido el chaval? Que no hay que llevar la contraria al señor que manda, porque sabe mucho. ¿Qué ocurrirá la próxima vez? Ese chaval no volverá a preguntar.

Y volveremos a encontrar el silencio y la desgana en aulas y salas de conferencias.


El nuevo mundo y la nueva actitud

Esto no es así en otros lugares. Cuando estuve de visita en las Américas y me invitaron a organizar un pequeño seminario de bienvenida para exponer mi trabajo, ocurrieron varias cosas muy diferentes. En primer lugar, la sala rebosaba, y eso que yo no conocía absolutamente a nadie y en ese caso no dieron comida gratis. En segundo, las preguntas fueron constantes, incluso interrumpiendo durante la exposición. Y, en tercero, varias personas que no pudieron asistir contactaron conmigo en privado para que les contara más detalles; una persona de una universidad y otra de una empresa para una posible colaboración o eventual negocio.

¿Qué habilidades fundamentales hay que tener hiperdesarrolladas en este ambiente? La educación, la moderación, la simpatía, el buen carácter y el diálogo, por supuesto, pero también la persuasión, la defensa seria y convincente de nuestro trabajo.

En ese sitio la gente no es tonta, sino todo lo contrario. Y nuestro jefe no está para defendernos. Así que las bromas de café, el compadreo y las palmadas en la espalda no sirven. Los argumentos vacíos (esos que nos sabemos de memoria pero que no nos creemos ni nosotros mismos) tampoco. Y la protección de nuestro jefe, o sea, los argumentos de autoridad, mucho menos. Especialmente porque allí a la gente le importa un pepino nuestra escala en la pirámide social ni de qué clan seamos. Quieren evidencias. Y tan importante es lo que has hecho o quieres hacer como justificarlo y convencer.


Qué debemos trabajar

Recapitulando. El nuestro es un entorno pésimo para aprender esas habilidades, porque pocas veces tenemos que convencer de manera seria y rigurosa a un tercero, desconocido e inteligente, de lo competentes que somos o del valor que aporta nuestro trabajo. Nótese que esta labor no tiene absolutamente nada que ver con la que desarrollan los comerciales, hombres de negocios, consultores de traje, etc... que se dedican a agasajar al potencial cliente con invitaciones a restaurantes, viajes y regalos, y donde las reuniones de trabajo consisten en futuristas powerpoints e interminables memorias a todo color para tratar de impresionar.

Es cierto que aquí no nos va a servir de tanto como fuera, pero aprendamos a replantearnos lo que estamos haciendo e hilar fino hasta que logremos convencernos a nosotros mismos. Corremos el riesgo de convencernos de que lo nuestro es bueno, aunque sea muy limitado o directamente una basura, pero eso ya lo decidirán los demás. Sin convencernos a nosotros mismos jamás convenceremos a los otros.

Seamos abiertos, curiosos, y aprendamos a dialogar y persuadir con educación. Los españoles tenemos muchísimo potencial fuera, como la experiencia ha demostrado ampliamente. En el sitio adecuado somos competentes y trabajadores, pero para llegar a él hace falta trabajar esas habilidades que no tenemos.


Peligros de nuestro sistema

Aquí las cosas (en fondo, aunque sí por supuesto en forma) no han cambiado tanto, a pesar de los siglos. En estas tierras seguimos acostumbrados al argumento "porque lo digo yo"; al peso de las jerarquías, de la autoridad, o del que más grita. Al peso del padre, del jefe, del político. Y a la venganza y la puñalada trapera al que disiente, al que se explica bien, al que seduce con la palabra y no con la autoridad. A ése se encargan de destruirlo o mandarlo fuera.

El sistema de filtrado de personas y capacidades en España basado en las relaciones y el proteccionismo es pésimo: produce muchísimos falsos positivos (personas seleccionadas que no deberían estar ahí), pero también demasiados falsos negativos (personas descartadas que sí deberían estar ahí).

Y es por eso que solemos hacer es buscar estas islas de "calma y protección", e ir saltando de una a otra, de enchufe en enchufe, de recomendación en recomendación, para llegar, eventualmente, al ansiado funcionariado. Donde ya no tenemos que defender ni argumentar absolutamente nada.

Estas características, tan nuestras, son malas. Que digo malas, son fatales. Son fatales para nosotros como personas, porque en el fondo sabemos perfectamente lo que hay, aunque algunos hagan lo imposible por llegar a creerse y justificar su posición.

Pero, sobre todo, son fatales para la sociedad, porque producen una tremenda insatisfacción, y por supuesto para la economía, porque el que no sabe ni manejarse (ni quiere aprender) con un ordenador está encerrado en una oficina haciendo trabajo intelectual y el que destaca en el trabajo intelectual está haciendo labores manuales, mecánicas o de atención al público.


En cualquier caso, y volviendo al tema que abría el artículo, yo, como tantos otros, me he retirado ya de los debates y la participación pública. En España presenta más inconvenientes que ventajas, y hablo ya de manera personal. Es energía malgastada en gente que realmente no está interesada en dialogar y en temas que suelen derivar en fanatismo.

Hagan las prueba de salir y juntarse con gente inteligente y habilidades para el debate, si es eso lo que les gusta. No se conformen con lo que aquí les venden. No todo es salir a tomar unas cervezas y pinchos a precio de oro, a hablar de fútbol, política o chismorreo, repitiendo eternamente lo mismo. Mientras, por cierto, hacemos rico al que ha abierto el bar.

Saludos.

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